Inmigrantes/extranjeros, viudas y huérfanos: el corazón de Dios para los vulnerables
- Truth Be Told

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura
En el complejo mundo actual, las conversaciones sobre inmigración, redes de seguridad social y atención comunitaria a menudo pueden resultar abrumadoras. Sin embargo, si recurrimos a los textos antiguos de los profetas hebreos y a la Ley de Moisés, encontramos una voz notablemente consistente y apasionada sobre estos mismos temas, centrada en tres grupos específicos: el inmigrante/extranjero, la viuda y el huérfano.
Éstas no son simplemente notas a pie de página menores en el manual de instrucciones divinas; se presentan como pilares fundamentales de una sociedad justa y recta, y una preocupación central del propio carácter de Dios.
Un estándar universal de justicia
El profeta Amós, como hemos visto, comienza su libro con una contundente crítica a las naciones vecinas de Israel. Estas naciones no fueron condenadas por sus creencias religiosas, sino por sus graves violaciones de la dignidad humana y la compasión fundamentales. Damasco «trillaba a Galaad con hierros afilados» (Amós 1:3), Tiro se dedicaba a la trata de esclavos (Amós 1:9) y Amón cometió crímenes de guerra atroces (Amós 1:13).
Esta serie de oráculos establece una verdad teológica crucial: Dios es el Juez Soberano de toda la tierra. Sus normas de justicia, misericordia y dignidad humana no se limitan a una sola nación ni a un solo pueblo; son universales. La inhumanidad, dondequiera que ocurra, es una afrenta a su carácter y enfrentará el juicio divino.
El corazón de la ley: el cuidado del "Ger" (extranjero/inmigrante)
Cuando Dios establece su pacto con Israel, el mandato de cuidar a los vulnerables es primordial. Una y otra vez, el "extranjero" (hebreo: ger ), a menudo entendido como un extranjero residente o inmigrante, recibe protección especial.
¿Por qué tanto énfasis? La respuesta divina es directa y conmovedora:
No oprimirás al extranjero, porque tú conoces el corazón del extranjero, pues extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. (Éxodo 23:9)
Este mandato no se trata solo de legalidad; se trata de la empatía que nace de la experiencia compartida. Los israelitas, tras haber soportado la amargura de la esclavitud y la alienación en Egipto, estaban en una posición privilegiada para comprender la vulnerabilidad, el miedo y la lucha de quienes son "diferentes". Esta memoria histórica alimentaría su compasión.
Más allá de no oprimirlos, la Ley ordenaba el cuidado activo y la inclusión:
Justicia igualitaria: «Tendréis la misma ley para el extranjero y para el natural». (Levítico 24:22)
Provisión: Los extranjeros debían espigar en los campos, asegurándose de tener alimento (Levítico 19:9-10).
Amor: «Amarás al extranjero como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto; yo soy el SEÑOR vuestro Dios» (Levítico 19:34). Esto elevó el trato al extranjero al mismo nivel que el mayor mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo.
La viuda y el huérfano: la prueba de fuego de la rectitud
Junto con el extranjero, la viuda y el huérfano representan a los más vulnerables de la sociedad. Al carecer de la protección masculina tradicional o del apoyo familiar en las antiguas sociedades patriarcales, su bienestar se convirtió en una medida directa de la rectitud de una comunidad.
Los profetas vinculan constantemente la opresión de estos grupos con el pecado nacional y el juicio inminente:
El llamado de Isaías a la justicia: «Aprendan a hacer el bien; busquen la justicia, corrijan la opresión; hagan justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda» (Isaías 1:17).
Advertencia de Jeremías: «Si en verdad practicáis justicia los unos con los otros, si no oprimís al extranjero, al huérfano ni a la viuda, ni derramáis sangre inocente en este lugar... entonces os dejaré morar en este lugar...» (Jeremías 7:5-7)
Imperativo de Zacarías: «Así dice el Señor de los ejércitos: Juzguen con justicia, practiquen misericordia y clemencia los unos con los otros. No opriman a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal contra otro en su corazón.» (Zacarías 7:9-10)
Estos versículos no son sutiles. Son una rotunda declaración de que el trato a estos miembros más vulnerables de la sociedad no es un acto de caridad opcional, sino una exigencia innegociable de la justicia divina. Descuidarlos u oprimirlos se considera una afrenta directa a Dios mismo.
Un desafío para hoy
Las antiguas voces proféticas aún resuenan con urgente relevancia. Nos desafían a mirar más allá de las fronteras nacionales, las ideologías políticas o las consideraciones económicas y a preguntarnos: ¿Cómo tratamos a los más vulnerables entre nosotros? ¿Recordamos nuestra humanidad e historia compartidas?
El testimonio bíblico es claro: una sociedad que verdaderamente honra a Dios es aquella que busca activamente la justicia, la compasión y la protección para el inmigrante, la viuda y el huérfano. Es un testimonio del corazón de Dios, que late con fuerza por quienes no tienen voz, poder ni otro recurso que sus normas divinas de justicia.



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