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Image by Goutham Krishna

El que cree en Jesús no será avergonzado.

  • 20 ene
  • 3 Min. de lectura

En un mundo que a menudo mide el valor por los logros, el estatus o la popularidad, es fácil sentir vergüenza cuando nos quedamos cortos. Nos esforzamos por alcanzar la perfección, temiendo ser juzgados y el peso abrumador de no ser suficientes. Pero ¿y si existiera una promesa que pudiera liberarnos de esta carga? ¿Y si existiera una verdad que declarara que nunca seríamos avergonzados ?


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, cita al profeta Isaías con esta profunda seguridad: «Todo aquel que crea en él, no será avergonzado» (Romanos 10:11).

Esto no es una simple sugerencia; es una declaración. Para quienes depositan su fe en Dios, el miedo a la incompetencia, el dolor de los fracasos pasados y la ansiedad de los tropiezos futuros quedan absorbidos por una promesa inquebrantable.


Piensa en las implicaciones de esto. Significa que, sin importar lo que hayas hecho, sin importar dónde hayas estado, y sin importar lo que digan o piensen los demás, tu posición ante Dios es segura cuando crees en Él . No te definen tus errores, sino su gracia. No eres condenado, sino celebrado. Se te ha otorgado una dignidad y un valor inherentes que la vergüenza simplemente no puede penetrar.



¿Por qué es tan firme esta promesa? Pablo continúa, revelando el magnífico carácter de Dios: « Porque el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que lo invocan » (Romanos 10:12).

Imagina a un rey tan rico que sus tesoros son ilimitados y su generosidad no conoce límites. Esto es un vistazo a la naturaleza de nuestro Dios. Él no es un proveedor escaso, sino alguien que abunda en riquezas . Estas no son solo riquezas materiales, aunque ciertamente provee para nuestras necesidades físicas. Estas son riquezas espirituales: paz que sobrepasa el entendimiento, gozo en medio de la tristeza, sabiduría para cada decisión, fortaleza para cada prueba y un amor que nunca falla.


¿Y para quién son estas riquezas? «Para todos los que le invocan». Esta es la hermosa simplicidad del evangelio. No hay requisitos de origen, etnia ni posición social. El Señor es «Señor de todo», lo que significa que su abrazo se extiende a cada persona, en cada rincón del planeta. Tu pasado no te descalifica; tu presente no te impide. El único requisito es clamar a Él.


Esto nos lleva a la gloriosa culminación del mensaje de Pablo, una cita directa del profeta Joel: « Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo. » (Romanos 10:13)

Esta es la libertad definitiva de la vergüenza, el acceso definitivo a sus riquezas inagotables. La salvación no se trata solo de ir al cielo al morir; se trata de una vida transformada aquí y ahora. Se trata de ser rescatado del poder del pecado, de las garras del miedo y del peso de la vergüenza. Se trata de entrar en una relación vibrante y viva con el Creador del universo.



¿Sientes el peso de la vergüenza hoy? ¿Estás lidiando con sentimientos de incompetencia o arrepentimiento? Recuerda esta poderosa verdad:

  • Cree en Él y no serás avergonzado.

  • Invocadlo y accederéis a sus abundantes riquezas.

  • Invoca su nombre y serás salvo.


No hay una fórmula especial, ni un apretón de manos secreto. Solo un corazón sincero que clama al Señor. Él espera derramar sobre ti su amor, su gracia y sus promesas inquebrantables. Dedica un momento hoy a invocar su nombre.

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